Mi amiga secreta
Un día, al gerente general, don Eusebio Ramírez Ladrillo, se le ocurrió organizar un almuerzo para toda el área administrativa de la sede principal de la empresa. Sin embargo, cuestiones coyunturales que no vienen al caso, tal vez un descuido de su siempre alocada secretaria, confabularon para que solo pudiera compartir el ágape con el personal femenino de la empresa. El motivo no importa, solo lo saben aquellas inciertas afortunadas que, semanas más tarde, gracias a los secretos auspicios de una invitación en servilleta, conocieron las suites del Hotel Decamerón. Lo cierto es que, entre la zalamera confraternidad de las recepcionistas, los chistes de doble sentido del viejo gerente carretón general y las abruptas confidencias de las más altas y experimentadas ejecutivas de ventas, varias infelices, sintiéndose en el limbo, aprovecharon la vastedad de su experiencia para probar las mieles del protagonismo momentáneo. No les importó interrumpir las delicadas invitaciones a la cama de don Eusebio a las tiernas practicantes de administración, a quienes el rubor invadía sus mejillas cada vez que el viejo susurraba en sus orejas.
Todas las damas cuarentonas se propusieron opacar a las gráciles practicantes y, formando escuadras, hacían oír su opinión, ya sea sobre la economía peruana, el arroz chino, el presidente Obama, la carabina de Ambrosio y, sobre todo, del último libro del señor Coelho. Don Eusebio, todo un caballero versado en tácticas de blitzkrieg, arte seguro aprendido del general Belisario, respondía atinado, lo suficiente para no parecer un arqueológico fauno entre tanta juventud y, a la vez, contrarrestar el chismoso aquelarre del batallón senior, pues las practicantes le fueron tomando gusto a las veleidosas formas de hacer carrera en la compañía.
Una de estas arpías fue la que, tomando la palabra, creyó interesar al gerente hablando del aspecto del personal masculino de la empresa. Una compañía tan grande, casi una de las primeras a nivel nacional, que cotizaba en la bolsa de Tokio, no podía darse el lujo de tener conserjes sin un nudo francés en las corbatas, vigilantes con cara de ronderos, gente de mantenimiento falto de vitaminas y, enfatizo aquí, soporte de computadoras en jeans, polo, zapatillas y barba. En especial, ese chico, ese que ya tiene más de tres años trabajando con nosotros, ¿cómo se llama? Ah, Chucho López, un verdadero cerdo; no lo decía con mala sangre, pero ¿acaso no estamos de acuerdo? Todo se puede aceptar, hasta ser pobre, pero al menos se debe ser limpio.
Ramírez Ladrillo recordó vagamente a Chucho, miró a la dama, se rascó la nariz y dijo que iba a hablar con Luciano, el jefe de sistemas, para que aderecen con cloro de pies a cabeza al tunante so pena de liquidarlo sin CTS. Demás está decir que tal comentario fue como si el rey Arturo en persona le hubiera prometido convertirla en querida en las barbas de la mismísima Genoveva. Durante el resto de la comilona que se prolongó hasta las once de la noche, la zahorí lechuza aprovechó para pedir otras reformas importantes, como por ejemplo, crear el puesto de Comendadora en Ética Organizacional, cargo que tendría muy a gusto asumir en adición a sus recargadas funciones, pero menos mal que Ramírez no hizo caso, obnubilado por otras reformas que pensaba hacer entre las practicantes.
Yo, Chucho López, no tengo la vida regalada. Por las mañanas, me la paso en la Villarreal estudiando para ser periodista. Mi salón queda en Prolongación Tacna, y es imposible no vaporizarse de orines en la mañana si solo estás de paso. Mis compañeros no vienen emanando Chanel, pero sí a pan con huevo. Las combis que tomo a mi trabajo al mediodía son como hornos microondas para cristianos. Hay noches en las que tengo cursos extracurriculares de yankempó con Cronwell Jara, mi profesor de literatura. Imagínense, mis camisas, mis pantalones de vestir, mis mejores zapatos no resisten tantos trajines. Tengo que ir en ropa cómoda y ventilada. Súmenle a esto el tipo de labor con el que me gano la vida:
- ¿Puedes mover esa impresora para allá? Hace mucho ruido.
- Sabes que este monitor no me gusta, así que le dije a tu jefe que me trajeras otro.
- Mi mouse no funciona, tráeme otro rápido.
- ¿Crees que puedes llevarnos las computadoras al cuarto piso? No me gusta el primero, ya se lo dije a mi jefe.
Si no había aire acondicionado en pleno comienzo de verano, ¿qué esperaban?
Para colmo, el lugar donde trabajo parece un gallinero y se encuentra en los confines del infierno de Dante, abajo en el sótano, donde está la cochera. El edificio de ocho pisos tenía el ascensor de empleados malogrado y, como yo no era gerente ni hetaira del Emmanuelle, no tenía la llave del elevador para ejecutivos. Correr de un sitio para otro subiendo escaleras apurado no es la mejor forma de conservar Rexona, que no te abandona.
Aparte de la llamada de atención que me dieron, la cual consideraba totalmente injusta, tuve que sufrir la reprimenda de mi jefe, quien me recomendó dejar de estudiar para oler mejor. Pero dentro de mí quedó clavada una duda: ¿Quién sería la arpía traicionera que me había sindicado así ante el jefazo general? ¿Acaso no arreglaba sus computadoras, solucionaba sus problemas con Excel y encontraba sus correos que ellas mismas perdían? ¿Cuántas veces las saqué del atolladero porque se habían olvidado de grabar un archivo? Hasta les enseñaba cómo enviar tarjetitas de Navidad electrónicas, sabiendo que perdía un tiempo precioso con esas matronas jurásicas.
Juré que me vengaría. Sabría quién es y lo pagaría caro. Esta Navidad yo sería malo. Así que un día fui a jugar pelota con los mensajeros, el verdadero servicio secreto de cualquier empresa. Nos quedamos tomando por Risso después de un partido, entre vasos de cerveza, cumbia y cigarritos. Juan Choque, el bravo de la moto en conserjería, bizqueó un poco mientras me contaba los pormenores de la reunión.
- Beatriz Inga, viejo, esa mamona creída, esa te ha jodido, viejo, y por gusto ¡ah! Porque yo soy más cochino que tú y no me dijo nada. Tómalo como que te estás haciendo conocido en la empresa.
Entre las luces del amanecer, bajo un tierno villancico que emitía la radio del taxi camino a mi casa a las seis de la mañana, supe que Beatriz Inga sería mi amiga secreta.
Yo no la elegí; fue el destino, un lazo inexplicable entre mi evocación a lo siniestro y las distintas proyecciones de la oportunidad. En realidad, le tocó a mi amigo Paco, técnico de soporte como yo, así que cambié a Zoilita Zegarra, tierna gordita apetecible a quien siempre quería invitar a la silla voladora pero nunca me atrevía, para que Beatriz Inga sea mi amiga secreta de Navidad.
Pero ni siquiera a Francisco le conté para qué quería que Beatriz Inga fuera la depositaria de mis chocolates, caramelos y jugos con los que acostumbra engreírse a esa amistad fabricada. Sería estúpido de mi parte decirle que en el beso de moza que le regalé esta mañana, metí con jeringa una generosa porción de Agarol con sabor a vainilla. Ahora, con taimado regocijo, espero que no venga a trabajar. Según me han dicho, se trata de un laxante potente, eficiente revolvedor de tripas.
Pero viene. Sus anchas posaderas se me antojan como las de una rana monstruosa, sus labios abultados, muy pintada, su cara llena de polvo rojo, es igual que la del muñeco de Papa Noel que hay en la entrada. Sigue tan feliz que me envenena, paso por su lado, puedo oír sus chanzas, su tiempo para cacarear como gallina ponedora, mientras que de rato en rato se lamenta de que el trabajo la mata.
Me pregunto si ella pensará un poco en mí, me pregunto si sabrá que yo sé que ella me ha humillado. Estoy firmemente convencido de que fue muy ligera en sus apreciaciones, que debió preguntarme por qué mis sobacos trascienden sus sentidos. Quizás esa única vez que la saludé con un besito en la mejilla, notó que de mi oreja salía un olor a huevos podridos. Estaba en tratamiento, tenía otitis y mal rayo me parta, pero ni un litro de Old Spice iba a disimular la fetidez. No quiero ponerme a su altura, pero una vez la vi bailando en traje típico para las olimpiadas de la empresa; no solo a mí me pareció aberrante ver cómo se le colgaban las dos tetas hasta el suelo. Que yo sepa, nadie la ha criticado en una junta por eso.
Y yo sigo poniéndole cosas a sus bocadillos. Falta poco para que se celebre el intercambio de regalos. No quiero que se enferme de gravedad, pero sí que se pierda el intercambio, que se pierda inclusive la fiesta de fin de año. Por eso, le metí el abrasivo que empleo para limpiar las computadoras en el jugo que le mandé esta mañana. Solo un poquito, sin embargo, la estuve observando todo el día con gran asombro; su estómago debe ser de fierro. No fue una sola vez al baño, ni se quejó de nada, y eso que, según dicen, este potente limpiador es capaz de sacar el óxido de la hundida Covadonga de un solo plumazo.
Estos últimos días, la ciudad se ha vuelto insoportable. El tráfico rezuma de gritos, humo mezclado con calor humano. Veo a la ciudad más sucia pero más brillante. ¿A qué se debe esta contradicción visual? Es Navidad, claro; todo parpadea, los letreros con vida propia son capaces de arrancarme el sueldo de las manos. Le voy a comprar una bolsa de dormir eléctrica a Beatriz. Guardo la secreta esperanza de que pueda electrocutarse. Pero luego desisto de intentar esa sucia jugarreta. Creo que con todos los polvos que le di, los brebajes y las cantidades ingentes de azúcar que se zampó es suficiente. Además, si no le pasó nada, quiere decir que perdí. Es bueno tener un contrincante adecuado para aprender que hay que retirarse a tiempo.
Entonces mi tributo será ese, una canastita de Heno de Pravia. Ahora admiro esas tripas invencibles, no por algo Beatriz maneja esa ancha cadera, esa inmensa panza; los venenos al recorrer tremendos tubos deben olvidarse de hacer efecto. Su duodeno debe contener una singularidad. La hora ha llegado; en la oficina, todos van hacia el comedor, la hora de repartirse los regalos ha llegado. Entre el gentío alcanzo a ver a Papá Noel sentado en el árbol. Muchos compañeros se han disfrazado hoy para amenizar el ambiente; estoy afeitado, limpio, no hay clases, así que he llegado al trabajo con tiempo, descansado, oliendo a lavanda.
Todos son llamados por sus nombres, sacan un papelito para que salgas al frente, entregas tu regalo, después te dan el tuyo. ¿No es bonito?, Alfredo “Chucho” López dice el mío. No veo a Beatriz todavía. Sofía, una chica simpática de Contabilidad, me entrega mi regalo, una crema de ron. Se nota que se tomó sus cuatro segundos para escogerlo. Yo hubiera querido en verdad un robot que se convierta en tiranosaurio y que toque metal. Besito por aquí, besito por allá, aplausos, es mi turno, digo Beatriz, no la veo, aprieto mi paquete, el Papá Noel avanza alegre hacia mí, al principio no entiendo, de pronto, despacio, Santa Claus se bambolea, la gente se mata de risa, se cae. Es Beatriz, tras su gorra, veo sus ojos rojos, esa sustancia amarilla que le sale por la nariz, su barba blanca se mancha con un vómito pestilente, me arrodillo ante ella, vienen tras de mí para ayudarla, le sacan la gorra, hay gritos, piden un doctor, un hedor maldito llena la sala. Aterrorizado me levanto, a trancas y barrancas llego al baño, abro el grifo. Un chorro helado sobre mis cabellos no me permite escuchar el grito ronco de Beatriz ahogándose en sus propios ácidos y caldos estomacales.

